For once in my life, let me get what I want…

Me pregunto si Morrissey canta apelando a que hay algo en su vida, evidentemente no concedido por el destino, que lo podría llevar a la metamorfosis total de su ser. Quizás el amor verdadero, la búsqueda de la verdad o cualquier otro ideal provoque en nosotros ese sentimiento de no poder conseguir lo que queremos. Sin embargo, lo que llama mi atención es que Moz canta en un tiempo que no es futuro.

For once in my life puede traducirse como “por una vez en mi vida”; también como “por primera ocasión en mi existencia” o “por única vez…”. No obstante, la afirmación “for once” me remite también al tiempo del presente en infinitivo. Cada vez es cada “once”. La unicidad del instante en el cual el deseo se hace plausible y accesible se vuelve efímero y retorna, como un actor de teatro que aparece y desaparece una y otra vez de la escena, evocando una presencia fantasmagórica.

Hay un secreto oculto en la letra de “Please, Please, Please, Let Me Get What I Want”: el secreto del destino eterno que evoca a la ciencia jovial de Nietzsche. Al amor fati. Nos dice el letrista que “su suerte ha sido tal que ella podría convertir a un hombre en malvado” y su grito se expande a los cielos pidiendo clemencia en el deseo que quiere satisfacción. El señor, nos reafirma, sabrá que es la primera vez. Puesto que esa fatalidad del deseo es siempre un suspiro, un ahí y un ahora que acaece permanentemente en la vida del humano. El señor sabrá que es la primera vez que finalmente el deseo del frágil y olvidado hombre particular concrete la energía en un estado de la materia más sólida.

A lo que quiero llegar es que en esta canción la cuestión por la unión de la voluntad y el deseo se reflejan a través de la figura metafórica de la “obtención de algo por primera y única vez”, a pesar de que la paradoja del deseo es que, precisamente, al obtenerse, evanece y se ofusca en la liquidez de la experiencia, volviendo otra vez como sino, como cruz que se carga sin solución sin asunción positiva. Morrissey sabe que este deseo siempre es una “primera y única vez”, aunque esta sea una vivencia perenne.

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De todos los fuegos, el fuego…

Copyright Roberto Ferri
Cantico delle anime di Roberto Ferri
Hoy quiero hablar de filosofía de un modo no tradicional. En muchos casos el contenido de los estudios filosóficos se reduce a la validación de un discurso que, finalmente, como bien concordarían Foucault o Bourdieu, se trata de un juego político. El científico social tampoco se escapa. La academia, en muchos casos y desafortunadamente, se ha convertido en la arena en donde una serie de reglas discursivas para la “buena costumbre” de ciertos personajes, debaten su existencia por métodos retóricos operativos. Así, antes de hacer la apologética que por tradición ya tengo bien incorporada, me gustaría hablar sobre el fuego como elemento simbólico conciliador para la filosofía. La cuestión surge de una pregunta trivial y fuera del contexto que me es hoy pertinente, cuestión que he tenido más como amante de la poesía que como filósofo. La pregunta es por la relación creativa (genética) de los astros como elementos inspiradores en obras de arte y, particularmente, de la relación que atribuía Holt en “Los planetas” a la relación armónica que poseen signos de fuego compatibles (Aries – Leo – Sagitario) y la melodía inspirada en el aire y representada por los signos: Géminis – Libra -Acuario. Encontré en dicha relación un paralelismo con una teoría filosófica presocrática que entraba en juego con los elementos del fuego y del aire. Así, me propuse a reflexionar desde mi experiencia como filósofo sobre temas que podrían tener cierta resonancia con temas actuales. Así pues, paso a lo propio.

La historia del fuego quizá comienza con Heráclito. “El oscuro” tenía claro que el fuego es el elemento catalizador que los seres humanos hemos utilizado para, entre otras cosas, representarnos la constancia de la eterna movilidad del cosmos. El fuego es llama, es precursor de un incendio, es señal de refugio; cocción, desastre y, también, la vela que alumbra el sendero oscuro. Sin embargo, el fuego es único, uno. El fuego es un elemento. Ya Anaximandro había desafiado esa idea –de que el fuego era el catalizador del cambio– apelando a la idea de “lo incognoscible”, “lo indeterminado”: ápeiron. Él afirmó que la característica principal del mismo era la eternidad, la constancia en la permanencia. Mas, sin embargo, Heráclito afirmaría al fuego como elemento primordial.

¿En qué radica la diferencia entre el fuego y lo indeterminado? ¿Dónde encontramos la diferencia tajante entre esa especie de noúmeno pre-socrático y el carácter espiritual (geistig) que representa el fuego? Quizá habría que preguntarnos, primeramente, el por qué de esta comparativa. No es siquiera posible pensar en que el ápeiron y el fuego radiquen en la misma dimensión especulativa. El ápeiron es indudablemente forma. Su representación es la radical abstracción. Se puede entender en tanto es límite. El fuego, en cambio, es unidad primordial concreta. Podríamos decir que el fuego es, precisamente, lo más concreto que existe. Si el ápeiron es forma, el fuego es materia. Sin embargo, no caeré en el juego de la dialéctica sin antes explicar algunas de las consecuencias posibles de este razonamiento. No espero siquiera hacer que el lector apele a una dialéctica idealista. Digamos que las espadas que blanden el ápeiron y el fuego, en este duelo interminable, sólo lo hacen con la motivación de representar la divergencia de dos principios –y ahí sí Tales supera a sus discípulos– que, si se quiere, desde la creación del mundo en la historia humana han combatido por representar dos movimientos peculiarme interesantes. El ápeiron, por su parte, representa la imagen estática de un mundo; la idea de un tiempo que vuelve. El fuego en sí mismo es la consumación, el paso de un lugar a otro; en su continuidad de llama encendida hay, en realidad, una discontinuidad de eventos. Tal vez por ello Aristóteles emprendió su odisea personal por reconciliar a ambos elementos, creyendo que tal vez eran parte de la dynamis del mundo. Su hilemorfismo es la mezcla alquímico-filosófica expresada como solución al problema atómico de Demócrito. El fuego consume todo y hereda un ápeiron que a su vez, en la superación de ambos principios, generan un fuego mayor: el del mundo en movimiento.

A esta discusión Friedrich Nietzsche le encontró una veta inexplorada hasta entonces. Nietzsche apelaba a la imagen trágica de la antigüedad griega para explicarnos la batalla eterna entre el impulso (Trieb) apolíneo y el impulso dionisiáco. Ambas fuerzas, provenientes de nuestro interior, de nuestra vida y cuerpo mismo suponen dos cosas distintas. Sin embargo ¿qué rol representan las deidades griegas en la filosofía elemental que los presocráticos defendían? Para Nietzsche Apolo es el dios de la mesura, la lucidez, la bondad y la verdad. Apolo es el dios sol. Dionisos, por otro lado, es el dios de la intoxicación carnal, la vida pasional y el instinto. Dionisos es el dios del vino. Por ende podemos decir que el ápeiron nietzscheano se representa bajo la figura de Apolo que, aunque luminoso, no se deja conocer sino bajo su característica principal, es decir, formal. Dionisos en cambio es el fuego. El fuego del cuerpo que transforma y posee a quien lo ingiere. En la filosofía nitzschena encontramos una resonancia increíble con la psicología primitiva. Con ello me refiero a la psicología que apelaba a las formas adivinatorias para saber más sobre el carácter de un hombre o una mujer. Apolo posee al hombre, bajo su influjo onírico, por ejemplo, y lo lleva a la felicidad beata que sólo se alcanza en la melodía cuidada y trabajada. Dionisos, en cambio, lleva al hombre a sus más recónditos lugares de la existencia sólo a través de la embriaguez. Es por ello que más arriba escribo impulso y no instinto. Nada tiene que ver aún el instinto. Sin embargo, como dicen los alemanes Trieb o los ingleses drive, podría representar mejor la dinámica que quiero traer sobre la mesa. Por este medio, Nietzsche, llega a afirmar y proponer una interpretación del ápeiron y el fuego bastante novedosa. Reconoce Nietzsche, por ejemplo, que Anaximandro ya propone un avance en la tradición filosófica respecto a Tales, puesto que él mismo creerá en una dimensión metafísica inamovible (Die philosophie im tragischen Zeitalter der Griechen, ss.7), confirmando la naturaleza apolínea radicada en el impulso que él caracteriza tan vehementemente. En otro sitio (op. cit, ss.10) menciona que el fuego de Heráclito es uno de sus conceptos principales. El fuego es el soplo que da vida, el deseo de vivir. Incluso se atreve a mencionar que convendría otorgarle a Heráclito la acuñación del concepto de excitación sexual tan propio de la psicología y, por ende, de su símil dionisíaco. Dionisos es, a través de su influjo embriagador un fuego que quema por dentro.  Ya no es lo mismo hablar de un símbolo formal ni de un elemento genético, que hablar de una relación de opuestos que “vive dentro de nosotros”. El impulso por vivir, derivará por ejemplo, en una voluntad de poder, inspirada por el fuego. Hablaré de ello en otra ocasión

El eterno retorno es por ello, quizás, la interpretación más conocida de Nietzsche. En ella: el todo vuelve. El camino que conduce a arriba es el mismo que nos conduce abajo. Cada acción, tienda al ápeiron o al fuego regresa por influjo del cosmos mismo. En dicha idea encontramos un intento de conciliación. Habíamos dicho que el ápeiron evocaba la idea de recursividad de los tiempos. Sin embargo, en su pureza formal esto sería incompatible con, precisamente, un movimiento recursivo. Sabemos de cierto que el ápeiron tiende a lo indeterminado; o mejor dicho ES lo indeterminado. Como límite es cognoscible, mas su contenido queda en la oscuridad, vetado. Nietzsche propondrá al fuego como el elemento que saque al ápeiron de su solipsismo. Su lucha siempre fue deconstruir la división alma/cuerpo, y en el fuego encontró un aliado para su cruzada. El fuego es el devenir mismo que a través del soplo de la vida, esa voluntad de vivir; voluntad por existir, hace que la eternidad propia nos vuelva constantemente. Nietzsche y Benjamin estarían del mismo lado aquí: destino y carácter son sólo dos caras de la misma moneda. El tiempo ya no existe como realidad absoluta y objetiva. Sin embargo, esto no lo despoja de ser pensado como eternidad, como una realidad sin fin. Así, Nietzsche y Benjamin encontrarán que la historia sólo puede volver en la persona misma; en la biografía que él encarna. La mezcla de los impulsos del ápeiron/fuego – Apolo/Dionisos generan la posibilidad de pensar que el mundo está constituido, al menos temporalmente, como eternidad encarnada en una vida individuada. Por eso se dice que Nietzsche es la reivindicación del sujeto para el sujeto. El individuo, su vida, sus perspectivas, adquieren nuevamente un valor incalculable a la reflexión misma.

También Marx tuvo su interpretación categórica sobre el ápeiron y el fuego. Marx, gran observador de los juegos de la normativa de la casa (oikos) interpretó al fuego como principio fundamental de su materialismo dialéctico. En la crítica económica del capital, encontramos entre líneas dicha observación, puesto que, de no haber devenir -entendido en Heráclito como fuego perpetuo-, no habría transformación. El capital en su distribución “cambia” al mundo, precisamente porque la transofrmación depende de este carácter fogoso que construye o destruye sin preguntar. La materia misma, que deviene sujeta del movimiento dialéctico, hacia un fin, asciende estrepitosamente por influjo del fuego. Marx en este preciso sentido es un seguidor absoluto de Heráclito. Su postura incluso es radicalmente contraria a la idea de ápeiron (como en Nietzsche sería la relación platonismo vs. vitalismo). En otras palabras, el ápeiron es el enemigo a vencer, según Marx, pues es precisamente “lo indeterminado”, el origen de la plusvalía y el fetichismo. Ese valor agregado es indeterminado e irreal. No pertenece bajo ningún criterio a la materia fogosa marxiana.

Por lo anterior creemos que la reflexión sobre el fuego es fundamental para la reflexión en nuestros días. Compartimos la idea de una historia no-lineal, no-teleológicamente positiva y no-progresiva que Nietzsche y Benjamin tenían. No hay acaso un instaurador más fabuloso que Cortázar para proponernos pensar en estas cuestiones. Julio nos narra, en una mezcla de historias epocalmente distantes, como el ser humano posee un instinto irrevocable y soberano. Por un lado Irene y el deseo por el gladiador Marco, por otro, Sonia y el deseo pasional por Roland. El elemento que une a todos los personajes: el fuego. Y así, entre cigarrillos, deseo lascivo e incendios, todos atienden al evento ceremonioso de la verdad irreductible que el fuego representa para nosotros; como símbolo catalizador y transformador de la existencia misma; como formula de la existencia encarnada.

Seguiré llevando mi investigación de los presocráticos de esta manera. Soy partidario de la filosofía fragmentaria. El siguiente tema será el cuerpo humano vivo para Demócrito.

Until now.

UK
UK

I’ve been in England for a while now. Five months have passed since I left my beloved Mexico. This trip has been invigorating, everything is born anew, the monochromatic days here cannot withstand the joyful beginning of this new life. I have moved on. Far away from prejudice and time. Far away from the ideology that once polluted my dreams; my spirit is now fulfilled. For a reader, this would be an optimistic manifesto, and in certain way it is. Thus, as Nietzsche said once, “everything that does not kill us, makes us stronger”. Now I am able to confirm this transcendental consideration for my own being. Everything is worthy. The very joy of being as one is, of becoming what one is, is simply stunning.

I thank England. It has strengthen my inner core. It has calmed my violent seas, my whirlwind spirits, “I have outlived the night”.

One thing from my past still remains: My dreams. My dreams have became more intriguing, dense, inspiring. Maybe the Aztec and Mayan blood inside won’t ever let me differentiate between my daily life and my dreamful life.

Monochrome filled with colours…

Revivir el tiempo.

 

                                                                                                              

“Los relojes aniquilan al tiempo… el tiempo estará

muerto mientras esté haciendo  ‘click’ en los pequeños engranes;

 sólo cuando  se detiene el reloj,  el tiempo vuelve a la vida.” – William Faulkner.

 

EL problema del tiempo nos incumbe a todos los habitantes de este circo llamado mundo. No es que Faulkner pudiera detectar una curiosidad del tiempo que no haya sido observada por cualquiera de los mortales. Acaso sus bellas palabras nos hacen notar de manera clara que el tiempo es una cosa que no comprendemos, pero que está viva, ahí, en algún lugar. El problema del tiempo es uno de los mayores enigmas para la ciencia y la filosofía; los artistas y los artesanos; los burgueses y los proletarios. Y esto porque, de hecho, ya siempre, hemos vivido inmersos en el tiempo desde que tenemos conciencia.

Escuchamos que el invierno será más frío, que la Eurocopa se juega en el 2012, que tenemos que entrar a trabajar a las ocho de la mañana, que tenemos veinte años de edad, etcétera. Nos referimos al tiempo con tanta familiaridad que no necesitamos explicárnoslo. Extrañamente, confiamos en lo que nuestros ancestros, desde nuestros padres hasta nuestros tatarabuelos, nos legaron como tiempo. El tiempo, pensamos, es un útil más dentro de nuestra estancia en la tierra, y sirve para medir un movimiento, un intervalo o un ciclo.

Pero la pregunta aquí no es un ambiguo “¿Qué es el tiempo?” sino, más bien, ¿Qué significa el tiempo? ¿Cómo se vive el tiempo? ¿Cómo nos influye éste?, porque es cierto que, de algún modo, ese ente tan cercano y tan lejano, cambia nuestra percepción del mundo y también de la realidad que nos rodea. Donde quiera que el Sr. Cronos se encuentre, marca una pauta, una relación, un cambio de estado y una constancia en nuestra mera existencia.

Phil Zimbardo, profesor de la universidad de Stanford, tiene una posible respuesta a estas preguntas.[1] No sólo se atreve a decir que el tiempo es un fenómeno importantísimo para nuestra conciencia y nuestra psique sino que, realmente, el tiempo afecta en el cómo nos relacionamos con los demás en una geografía particular de nuestro planeta. Al realizar ciertos estudios para probar la relación que existe entre la manera de vivir y concebir el tiempo, en distintos puntos cardinales, y cómo estos influyen en nuestros patrones de comportamiento cotidiano, Zimbardo encontró que, según cómo hayamos aprendido a concebir al tiempo, así será de importante en nuestras vidas. Por ejemplo, en México, nuestro modo de vivir el tiempo, estadísticamente, es centrados en el presente. Lo que hagamos hoy, ahora, es lo que importa. Somos una sociedad narcisista en el sentido de que vivimos el tiempo de manera egoísta y queremos explotar el instante sin ver nuestra historia ni nuestro futuro. México, el país del “mañana”, donde la fiesta no muere, donde lo que importa es pasarla bien. En resumen, junto con el Dr. Robert Levine, Zimbardo afirma que el tiempo, además de una dimensión matemática, física o psicológica, es una dimensión cultural. Esto quiere decir que el tiempo posee un significado de peso en nuestro desempeño diario. O más bien, que el tiempo es sentido en el más estricto de los significado. Sentido de nuestra vida y de nuestras acciones. El tiempo mismo es poder. Poder social que funge como aquel magneto que nos fuerza a abrirnos camino en este planeta.

Entonces, reconociendo esta dimensión cultural del tiempo, podemos dejar como ejercicio algunas preguntas para la reflexión: ¿Cómo concibo yo el tiempo y cómo me impulsa a actuar? ¿Es cierto que los mexicanos (al menos la gran mayoría) vivimos de manera narcisista nuestro tiempo? ¿Cómo podemos revivir nuestro tiempo, hacer que los relojes paren, y resignificar nuestra existencia a partir de esta toma de conciencia?

Finalmente, el ciudadano común, en su más íntima experiencia, sabe que el tiempo apremia de alguna manera. Si no, entonces castiga.


[1] Conferencia en TED Talks: “The secret powers of time”. Recomiendo ampliamente la versión de RSA en: http://www.youtube.com/watch?v=A3oIiH7BLmg.

*Artículo para revista local, nunca publicado. Ahora ve la luz en El Relámpago.