De todos los fuegos, el fuego…

Copyright Roberto Ferri
Cantico delle anime di Roberto Ferri
Hoy quiero hablar de filosofía de un modo no tradicional. En muchos casos el contenido de los estudios filosóficos se reduce a la validación de un discurso que, finalmente, como bien concordarían Foucault o Bourdieu, se trata de un juego político. El científico social tampoco se escapa. La academia, en muchos casos y desafortunadamente, se ha convertido en la arena en donde una serie de reglas discursivas para la “buena costumbre” de ciertos personajes, debaten su existencia por métodos retóricos operativos. Así, antes de hacer la apologética que por tradición ya tengo bien incorporada, me gustaría hablar sobre el fuego como elemento simbólico conciliador para la filosofía. La cuestión surge de una pregunta trivial y fuera del contexto que me es hoy pertinente, cuestión que he tenido más como amante de la poesía que como filósofo. La pregunta es por la relación creativa (genética) de los astros como elementos inspiradores en obras de arte y, particularmente, de la relación que atribuía Holt en “Los planetas” a la relación armónica que poseen signos de fuego compatibles (Aries – Leo – Sagitario) y la melodía inspirada en el aire y representada por los signos: Géminis – Libra -Acuario. Encontré en dicha relación un paralelismo con una teoría filosófica presocrática que entraba en juego con los elementos del fuego y del aire. Así, me propuse a reflexionar desde mi experiencia como filósofo sobre temas que podrían tener cierta resonancia con temas actuales. Así pues, paso a lo propio.

La historia del fuego quizá comienza con Heráclito. “El oscuro” tenía claro que el fuego es el elemento catalizador que los seres humanos hemos utilizado para, entre otras cosas, representarnos la constancia de la eterna movilidad del cosmos. El fuego es llama, es precursor de un incendio, es señal de refugio; cocción, desastre y, también, la vela que alumbra el sendero oscuro. Sin embargo, el fuego es único, uno. El fuego es un elemento. Ya Anaximandro había desafiado esa idea –de que el fuego era el catalizador del cambio– apelando a la idea de “lo incognoscible”, “lo indeterminado”: ápeiron. Él afirmó que la característica principal del mismo era la eternidad, la constancia en la permanencia. Mas, sin embargo, Heráclito afirmaría al fuego como elemento primordial.

¿En qué radica la diferencia entre el fuego y lo indeterminado? ¿Dónde encontramos la diferencia tajante entre esa especie de noúmeno pre-socrático y el carácter espiritual (geistig) que representa el fuego? Quizá habría que preguntarnos, primeramente, el por qué de esta comparativa. No es siquiera posible pensar en que el ápeiron y el fuego radiquen en la misma dimensión especulativa. El ápeiron es indudablemente forma. Su representación es la radical abstracción. Se puede entender en tanto es límite. El fuego, en cambio, es unidad primordial concreta. Podríamos decir que el fuego es, precisamente, lo más concreto que existe. Si el ápeiron es forma, el fuego es materia. Sin embargo, no caeré en el juego de la dialéctica sin antes explicar algunas de las consecuencias posibles de este razonamiento. No espero siquiera hacer que el lector apele a una dialéctica idealista. Digamos que las espadas que blanden el ápeiron y el fuego, en este duelo interminable, sólo lo hacen con la motivación de representar la divergencia de dos principios –y ahí sí Tales supera a sus discípulos– que, si se quiere, desde la creación del mundo en la historia humana han combatido por representar dos movimientos peculiarme interesantes. El ápeiron, por su parte, representa la imagen estática de un mundo; la idea de un tiempo que vuelve. El fuego en sí mismo es la consumación, el paso de un lugar a otro; en su continuidad de llama encendida hay, en realidad, una discontinuidad de eventos. Tal vez por ello Aristóteles emprendió su odisea personal por reconciliar a ambos elementos, creyendo que tal vez eran parte de la dynamis del mundo. Su hilemorfismo es la mezcla alquímico-filosófica expresada como solución al problema atómico de Demócrito. El fuego consume todo y hereda un ápeiron que a su vez, en la superación de ambos principios, generan un fuego mayor: el del mundo en movimiento.

A esta discusión Friedrich Nietzsche le encontró una veta inexplorada hasta entonces. Nietzsche apelaba a la imagen trágica de la antigüedad griega para explicarnos la batalla eterna entre el impulso (Trieb) apolíneo y el impulso dionisiáco. Ambas fuerzas, provenientes de nuestro interior, de nuestra vida y cuerpo mismo suponen dos cosas distintas. Sin embargo ¿qué rol representan las deidades griegas en la filosofía elemental que los presocráticos defendían? Para Nietzsche Apolo es el dios de la mesura, la lucidez, la bondad y la verdad. Apolo es el dios sol. Dionisos, por otro lado, es el dios de la intoxicación carnal, la vida pasional y el instinto. Dionisos es el dios del vino. Por ende podemos decir que el ápeiron nietzscheano se representa bajo la figura de Apolo que, aunque luminoso, no se deja conocer sino bajo su característica principal, es decir, formal. Dionisos en cambio es el fuego. El fuego del cuerpo que transforma y posee a quien lo ingiere. En la filosofía nitzschena encontramos una resonancia increíble con la psicología primitiva. Con ello me refiero a la psicología que apelaba a las formas adivinatorias para saber más sobre el carácter de un hombre o una mujer. Apolo posee al hombre, bajo su influjo onírico, por ejemplo, y lo lleva a la felicidad beata que sólo se alcanza en la melodía cuidada y trabajada. Dionisos, en cambio, lleva al hombre a sus más recónditos lugares de la existencia sólo a través de la embriaguez. Es por ello que más arriba escribo impulso y no instinto. Nada tiene que ver aún el instinto. Sin embargo, como dicen los alemanes Trieb o los ingleses drive, podría representar mejor la dinámica que quiero traer sobre la mesa. Por este medio, Nietzsche, llega a afirmar y proponer una interpretación del ápeiron y el fuego bastante novedosa. Reconoce Nietzsche, por ejemplo, que Anaximandro ya propone un avance en la tradición filosófica respecto a Tales, puesto que él mismo creerá en una dimensión metafísica inamovible (Die philosophie im tragischen Zeitalter der Griechen, ss.7), confirmando la naturaleza apolínea radicada en el impulso que él caracteriza tan vehementemente. En otro sitio (op. cit, ss.10) menciona que el fuego de Heráclito es uno de sus conceptos principales. El fuego es el soplo que da vida, el deseo de vivir. Incluso se atreve a mencionar que convendría otorgarle a Heráclito la acuñación del concepto de excitación sexual tan propio de la psicología y, por ende, de su símil dionisíaco. Dionisos es, a través de su influjo embriagador un fuego que quema por dentro.  Ya no es lo mismo hablar de un símbolo formal ni de un elemento genético, que hablar de una relación de opuestos que “vive dentro de nosotros”. El impulso por vivir, derivará por ejemplo, en una voluntad de poder, inspirada por el fuego. Hablaré de ello en otra ocasión

El eterno retorno es por ello, quizás, la interpretación más conocida de Nietzsche. En ella: el todo vuelve. El camino que conduce a arriba es el mismo que nos conduce abajo. Cada acción, tienda al ápeiron o al fuego regresa por influjo del cosmos mismo. En dicha idea encontramos un intento de conciliación. Habíamos dicho que el ápeiron evocaba la idea de recursividad de los tiempos. Sin embargo, en su pureza formal esto sería incompatible con, precisamente, un movimiento recursivo. Sabemos de cierto que el ápeiron tiende a lo indeterminado; o mejor dicho ES lo indeterminado. Como límite es cognoscible, mas su contenido queda en la oscuridad, vetado. Nietzsche propondrá al fuego como el elemento que saque al ápeiron de su solipsismo. Su lucha siempre fue deconstruir la división alma/cuerpo, y en el fuego encontró un aliado para su cruzada. El fuego es el devenir mismo que a través del soplo de la vida, esa voluntad de vivir; voluntad por existir, hace que la eternidad propia nos vuelva constantemente. Nietzsche y Benjamin estarían del mismo lado aquí: destino y carácter son sólo dos caras de la misma moneda. El tiempo ya no existe como realidad absoluta y objetiva. Sin embargo, esto no lo despoja de ser pensado como eternidad, como una realidad sin fin. Así, Nietzsche y Benjamin encontrarán que la historia sólo puede volver en la persona misma; en la biografía que él encarna. La mezcla de los impulsos del ápeiron/fuego – Apolo/Dionisos generan la posibilidad de pensar que el mundo está constituido, al menos temporalmente, como eternidad encarnada en una vida individuada. Por eso se dice que Nietzsche es la reivindicación del sujeto para el sujeto. El individuo, su vida, sus perspectivas, adquieren nuevamente un valor incalculable a la reflexión misma.

También Marx tuvo su interpretación categórica sobre el ápeiron y el fuego. Marx, gran observador de los juegos de la normativa de la casa (oikos) interpretó al fuego como principio fundamental de su materialismo dialéctico. En la crítica económica del capital, encontramos entre líneas dicha observación, puesto que, de no haber devenir -entendido en Heráclito como fuego perpetuo-, no habría transformación. El capital en su distribución “cambia” al mundo, precisamente porque la transofrmación depende de este carácter fogoso que construye o destruye sin preguntar. La materia misma, que deviene sujeta del movimiento dialéctico, hacia un fin, asciende estrepitosamente por influjo del fuego. Marx en este preciso sentido es un seguidor absoluto de Heráclito. Su postura incluso es radicalmente contraria a la idea de ápeiron (como en Nietzsche sería la relación platonismo vs. vitalismo). En otras palabras, el ápeiron es el enemigo a vencer, según Marx, pues es precisamente “lo indeterminado”, el origen de la plusvalía y el fetichismo. Ese valor agregado es indeterminado e irreal. No pertenece bajo ningún criterio a la materia fogosa marxiana.

Por lo anterior creemos que la reflexión sobre el fuego es fundamental para la reflexión en nuestros días. Compartimos la idea de una historia no-lineal, no-teleológicamente positiva y no-progresiva que Nietzsche y Benjamin tenían. No hay acaso un instaurador más fabuloso que Cortázar para proponernos pensar en estas cuestiones. Julio nos narra, en una mezcla de historias epocalmente distantes, como el ser humano posee un instinto irrevocable y soberano. Por un lado Irene y el deseo por el gladiador Marco, por otro, Sonia y el deseo pasional por Roland. El elemento que une a todos los personajes: el fuego. Y así, entre cigarrillos, deseo lascivo e incendios, todos atienden al evento ceremonioso de la verdad irreductible que el fuego representa para nosotros; como símbolo catalizador y transformador de la existencia misma; como formula de la existencia encarnada.

Seguiré llevando mi investigación de los presocráticos de esta manera. Soy partidario de la filosofía fragmentaria. El siguiente tema será el cuerpo humano vivo para Demócrito.

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